
Aurora
se levantó ese día de la cama silbando, mientras sobre su camisón azul se ponía
la bata de boatiné rosa. Apartó las cortinas y subió la persiana de su
dormitorio. Tras la ventana se adivinaba un día ventoso con nubes amenazando
lluvia, tal y cómo habían anunciado los agoreros del teletiempo, pero hoy no
habría tormenta capaz de estropearle la fiesta. Sonrió para sí mientras sus
entretelas se carcajeaban de ese mundo que giraba sin cesar y sin tenerla en
cuenta. Los amigos que aún recuerdan o anotan fechas en modernos artilugios, la
llamarán compungidos, en realidad, hacía más de dos días que recibía
condolencias. Una suerte haber decidido abandonar la ciudad cuando se jubiló
Ernesto, hacía ya más de doce años. Esa distancia geográfica establecida entre
padres, hijos, familiares y fauna diversa, era la que permitía un grado de
indiscreción sentimental impensable con su gente de siempre. Mientras
disfrutaba del aroma y el sabor del primer café, una risa tonta habitaba su
cara: hoy se cumplía el primer lustro sin losa. No olvidará nunca el día que
recibió el pase oficial de casada a viuda, ese estado civil que le había
permitido una autonomía que nunca se permitió soñar. Si bien es cierto que en
los últimos años de la vida de su esposo, repetía frecuentemente la misma
cantinela:
Ernesto,
cuando tú te mueras, iré a clases de baile.
Cuando
tú te mueras, aprenderé a jugar al mus.
Viajaré
alrededor del mundo.
Y
así podría seguir hasta el infinito, hasta el día que mencionó que con su
muerte se desharía de todo lo que había en su despacho.
¡El
despacho! Llegados a este asunto, Ernesto, en medio de su habitual sopor, le
había dicho que utilizase los libros como un seguro contra la inflación y que
buscase un buen perista. Su escasa biblioteca era muy rica en joyas “inencontrables”
decía él, en estos tiempos de repetición y cambio. Llegado el momento, Aurora,
no pudo ocultar su decepción cuando descubrió que entre aquellos estantes no
vivía ningún incunable, pero al menos lo existente, le había permitido hacer un
par de licenciosos viajes a Cuba.
Para
ser fieles a la historia, al mus no había aprendido a jugar hasta la fecha, no por
pereza, falta de ganas o tiempo, sino porque no encontraba a compañeros
dispuestos. A cambio, añadió diversas tareas a su lista de deseos: pintar,
modelar barro, pilates, internet, escribir nanorelatos que la ocupaban fines de
semana enteros, y una cantidad ingente de excursiones.
También
aprendió a decir que no.
No,
eso no quiero.
No,
eso no me parece bien.
No,
aquí estoy a gusto.
No.
Esa palabra corta y cortante se había convertido en su favorita. Siempre que la
tenía que emplear procuraba arrastrar la “n” como si tuviese un guisante en la
nariz, y la o la pronunciaba con la contundencia propia que ha de tener la
llave que abre la puerta del mundo.
Los
primeros días, después de la muerte de Ernesto, era complicado sortear
peticiones de hijos y nueras para volver a la ciudad, “que qué hacía ella allí
ahora tan sola” era lo que más repetían. Al ver que esos resortes no
funcionaban, comenzaron a utilizar a sus nietos como moneda de cambio,
“aurorita te echa mucho de menos”, muy mona aurorita, pero lo que tus papis
quieren es otra canguro disponible y gratis. No. Ni loca vuelvo. No es que no
les quiera, les quiere y mucho, pero ha aprendido a amarse más a sí misma.
Ocasionalmente se siente egoísta, pero de forma casi automática a su cabeza
vuelven sus hijos, uno tras otro, saliendo de casa amarrados a las faldas de
sus respectivas, no les importó que ellos se fueran quedando solos en una casa
grande que se les iba cayendo encima.
Trasladarse
a un pequeño pueblo de costa con buen clima cuando la jubilación, le permitían uno
de esos lujos que marcaba diferencias y clases: ejercía de abuela, y además se
ahorraba farragosos festivales en los que admirar los gorgoritos de los de su
sangre. Cuando sus nietos estaban con ella, sus deseos eran ordenes, y los
bollos de chocolate a deshoras, costumbre. Salvo que la integridad física de los
chiquillos estuviese en juego, con ellos el no tenía veto.
Hoy
era día para haraganear, en realidad, así lo había planificado, exceptuando las
clases de salsa a las seis de la tarde.
Aunque
no se vestiría hasta que llegase la hora, comenzó a preparar la ropa. Le
gustaba mucho este grupo de baile, y más de uno la miraba con ojitos, o al
menos eso pensaba ella.
Abre
el armario, pasea entre las ropas una mirada avariciosa y lenta. Llevará el
vestido azul cielo sin mangas que compró en verano, tiene un escote en uve que
le hace un pecho precioso, y un cinturón que hace que resalten sus caderas. Le
quedaba como un guante, y en el local la tradición es la calefacción alta. No
pasará frío.
El
día lo mata leyendo historias, e inventando aflicciones que no padece para
pésames tan insinceros como los lugares comunes. Imagina al interlocutor al
otro lado de la línea pensando en la “pobre Aurora, tan joven aún y tan sola”,
y se mata a reír por dentro mientras sus labios acompañan los lamentos ajenos.
La
sesión de baile fue todavía mejor de lo esperado, y llegó a casa con la sonrisa
tonta y una cierta flojera. Uno de esos caballeros que siempre viste con traje
y pañuelo, la ha invitado a practicar spinning el sábado por la mañana. Ella no
se ha apresurado a responderle, pero al final de la noche le susurro al oído
“está bien, el sábado al lado de la catedral”, lugar habitual para todo tipo de
encuentros. En el mismo tono contestó él “a las nueve nos vemos”.
A la
hora acordada, allí estaba Augusto esperando, pantalón vaquero, camisa a
cuadros roja, botas de montaña y plumífero. Ella un culotte negro con adornos
en plata que resaltaba curvas y piernas, sudadera gris a juego con sus ojos,
deportivas rosa, y un impermeable de igual color. Casi no se reconocen al
llevar ambos ropa deportiva.
Un
Augusto sonriente la condujo en un cómodo silencio hasta el coche, un
todoterreno azul oscuro.
—Hace buen día para la práctica
de spinning. A ver qué tal se da.
—Para el deporte siempre hace
buen día—respondió ella sonriente.
—¿Qué tal ha ido la semana?
—Bien, entre curso y curso y
curso el tiempo pasa volando.
—¡Qué suerte! Desde que me jubilé
el reloj para mí no marca las horas. He comenzado este año con lo del baile. A
ver qué tal se da.
—Las clases son estupendas ¡y los
chicos qué paciencia tienen!
Entre halagos a los profesores, y
detalles de las dificultades de determinados pasos, transcurrió el paseo hasta
la orilla del mar, y de la cabeza de Aurora se fueron borrando los gimnasios
posibles para la cita.
Cuando Augusto paró el motor,
bajó raudo para abrirle la puerta y ayudarla a salir. Ella en vez de gracias,
le dedicó la sonrisa reservada para ocasiones especiales. Aurora mira a su
alrededor y no hay rastro de centro deportivo. De repente Augusto, saca del
maletero botas de goma, extiende un par hacia ella:
—Espero haber calculado bien tu
talla. Son el treinta y siete— mientras saca un par de cañas y se cuelga al
cuello una cámara de fotos.
Ella se sienta en un banco y sí,
le quedan perfectas.
—Por algo he trabajado más de
cincuenta años en una zapatería— dice Augusto, mientras Aurora da gracias por no
haber hablado de bicicletas.
Él se sorprende gratamente cuando
descubre que ella es una experta lanzadora. Le explica que en la Asturias de su
infancia solía salir a pescar con su abuelo Pepe, quien se tiraba horas y horas
a la orilla del río sentado en un viejo taburete de ordeñar, haciendo
lanzamiento tras lanzamiento. También cuenta que siempre llevaba dos cañas, una
simple para pesca con anzuelo y otra con carrete para cucharilla. Hace años que
no salía a pescar, para ser exactos, nunca ha estado con una caña a orillas del
mar, pero las diferencias no le parecen demasiadas.
Lo que oculta es que odiaba ir
con el abuelo, “ahora cambiamos”, “prepárame anzuelo”, “mira esas ramas, tienen
sedal enganchado, desquiñona rubia que ese lo aprovechamos”, “no hay aceite, te
he dicho mil veces que has de revisar la cesta”. Odiaba con toda su alma el “rubia
desquiñona”, “desquiñona rubia”.
Hoy los peces no están para
señuelos, y Augusto decide sentarse. Aurora le imita, momento que él aprovecha
para obtener una visión privilegiada de sus nalgas.
—Esos pantalones parecen
estupendos para sentarse sobre las piedras. Tendré que mirar de comprar unos. A
ver qué tal se da— comenta él.
—Sí, son geniales. También sirven
para hacer ciclismo— dice Aurora, sonriendo
mientras mira el mar.
—Ya decía yo que ese diseño me
sonaba— comenta Augusto, sonriendo mientras mira el mar.
Ambos abandonan el horizonte que
el paisaje les ofrece, se miran, y deciden tirarse al suelo muertos de risa,
pensando, cada uno por su cuenta, que no es de las peores primeras citas que
han tenido.
© Mª Luisa López Cortiñas