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viernes, 20 de febrero de 2015

HUGO



La hache de Hugo. Vuelve por otra.


Aquella mañana Hugo se levantó con los ojos llorosos y una mueca de miedo grabada en el rostro. Sus rizos rubios estaban más enmarañados que nunca, e hizo falta el doble de paciencia de la habitual, el triple de pases de cepillo, y una sordera increíble para sortear sin inmutarse los gritos agudos que emitía su boca a cada tirón de pelo.
Había pasado una noche horrible, muy horrible, había dicho entre pucheros.
—¿Qué ha pasado esta noche? —preguntan por enésima vez.
—Nada.
—Nada no, cariño. Tienes los ojos rojos. ¿Has llorado?
—No mientas —dice su padre
—Yo no digo mentiras.
—Di que has soñado ¿o no te acuerdas? Yo a veces no me acuerdo —dice mamá.
—Sí, sí me acuerdo —contesta Hugo abrazando su hucha con forma de cerdo.
—Cuenta.
—A nosotros nos lo puedes contar.
—Pero, al señor de las gafas no le diréis nada ¿verdad?
—¿Quién es el señor de las gafas? —pregunta papá.
—Deja hablar al niño. Dinos Hugo.
—Ayer en mi cumpleaños me regalaron dinero. Mucho dinero.
—Sí, para la tablet esa que quieres.
—Pues he soñado que el señor de las gafas que sale en la tele me perseguía para quitarme el dinero.
—Eso es una tontería, nadie te lo va a quitar —dice papá.
Hugo hace un puchero y niega con la cabeza.
—Es del Gobierno, y dicen que quita el dinero de todos para dárselo a sus amigos. Yo no quiero que me quite mi dinero.
—Y no te lo quitara cariño, no te lo quitara. Papá se ocupa. ¿Verdad? —pregunta mamá con un tono que haría temblar al más valiente.
—Sí, de eso me encargo yo.
Hugo dio la hucha a su papá satisfecho ¡él siempre lo arregla todo!
Cuando Hugo salió de casa para ir al colegio, sus padres abrieron la hucha para contabilizar la recaudación.
—Setecientos cincuenta euros, ¡no está mal para cumplir ocho años!
—La verdad que no.
—¿Cuánto vale la tablet?
—Unos doscientos cincuenta.
—Compro la tablet y el resto lo ingreso en su cuenta ¿no?
—Sí.
El papá de Hugo se encamina a la tienda, aparte de lo encargado, adquiere una preciosa funda con un Spiderman en acción, la de los Simpson le gusta más, pero no quiere que su hijo vuelva a tener pesadillas. Satisfecho de su adquisición se dirige al banco:
—Quiero ingresar cuatrocientos cincuenta euros en la cuenta de mi hijo.
La señorita coge el dinero, lo pasa por la máquina de la verdad y solicita el DNI.
—¿Para qué quiere mi DNI?
—Son órdenes.
—El dinero no es mío, se lo han regalado a mi hijo. Menor de edad como puede comprobar en la cartilla. Por eso estoy yo con él.
—Desde hace un par de meses no podemos hacer ingresos en cuenta sin DNI.
—Sí no son ni quinientos euros —dice sorprendido.
—Son las nuevas normas. Si sólo fueran veinte euros lo tendría que pedir igual.
—A la mierda las normas.
—Yo sólo cumplo con mi obligación.
—Lo sé, pero no voy hacer el ingreso.
Con un gesto de fastidio, la señorita deshace lo hecho, mientras el padre de Hugo, piensa en qué establecimiento puede comprar una caja de caudales para ingresar, sin temor al fisco, el dinero B que su hijo ha recaudado en este último cumpleaños y en los que le esperan.

®Luisa L. Cortiñas




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viernes, 13 de junio de 2014

GABRIELA


Advertencia: Relato no apto para menores crédulos.

GABRIELA

Gabriela era la única Gabriela del colegio, la única del pueblo, debía de ser la única Gabriela del mundo. Gabriela sabía que los Reyes Magos no venían de Oriente, que Papá Noel es un invento muy resalao, que el ratoncito Pérez no se queda con los dientes, que Dios no existe y es la única de su clase que se ha quedado sin tablet porque con el viejo portátil de mamá y el nuevo ordenador de papá dicen que tiene más que suficiente. Pero lo había decidido la tarde anterior hablando con Candela. Hoy comenzaría su plan.

Gabriela se levantó esa mañana e informó a sus padres:

—Quiero un vestido blanco como el resto de mis compañeras.

—Ya hemos hablado contigo sobre el tema y— Gabriela interrumpió el discurso que ya conocía de memoria. En su casa no creen en paparruchas.

—Sólo digo que quiero un vestido blanco y una fiesta. Como todas—. Se levanta, y antes de abandonar la cocina levanta la mano y añade— y regalos, muchos regalos.

Cogió su mochila que estaba en el vestíbulo, la cargó a la espalda y salió de casa dejando a los suyos boquiabiertos.

Llevaba días soñando con un vestido blanco corto, uno como de novia. Adoraba los que llevaban sobrepuesta una falda de tul y la pechera con flores. También quería unos elegantes guantes blancos aunque el calor la matara y la hiciera sudar como un pollo. Su larga y poco abundante melena castaña quería que la recogieran en un bonito moño italiano, de esos que por detrás se deslizan como una culebra, pero en la cresta hacen que parezca que tienes mucho pelo. Mamá le dejaría alguna joya de esas que se pone muy de tarde en tarde. Quería su fiesta, una fiesta sólo para ella y sus amigos.

Sus amigos le decían que como no era católica y no había asistido a catequesis no podría hacer la comunión. A ella eso le daba lo mismo, quería su fiesta y su tablet, y tenía un plan, un buen plan.

Había decidido no hablar en su casa hasta que sus padres cedieran. Las palabras de esta mañana serían las últimas que oirían salir de sus labios hasta que se rindieran.

Cuando llegó al colegio después de su tradicional paseo de diez minutos, comunicó a sus allegados que había comenzado el plan. Salvo Candela, nadie tenía confianza en su victoria. Ana decía que los mayores mandan mucho en esas cosas, y Lucía decía que como fuera de casa no pintan nada en casa sólo dan órdenes. Gabriela estaba convencida del triunfo, su padre siempre decía que no se debe comenzar una guerra que no puedes ganar, y ella estaba segura de ganar.                 

Después de cuatro días de completo silencio por parte de Gabriela, sus padres comenzaron a tomar en serio la posibilidad de una fiesta.

El oropel de la Iglesia estaba descartado, la cría no estaba ni bautizada.

Cuando se enteró la abuela materna no cabía en sí de gozo. La mamá de Gabriela estaba que se tiraba de los pelos. Miles de veces le había dicho su madre que los niños a cierta edad quieren ser como todos los demás y quieren hacer lo que toca. La señora ciertamente estaba disfrutando del desafío de Gabriela y decidió apoyarla.

Los padres de Gabriela llevaban horas organizando regalitos, no querían nada convencional y se decidieron por obsequiar a los invitados con unos frasquitos de aceite para los adultos, y de colonias los niños. Habían tenido tan poco tiempo para organizar todo antes de que el colegio finalizase, que la madrugada del mismo día del evento estaban haciendo etiquetas.

—¿Tú crees que estamos equivocados? — pregunta mamá a papá.

—Seguramente no, pero es posible que nos hayamos excedido.

—Por una parte la nena tiene razón.

—¿Sí?

—Sí, quitarle la magia al día de Reyes quizá haya sido un error. A mí me gustaba mucho, aunque cuando supe la verdad me enfadé bastante y prometí que no mentiría a mis hijos. ¡Y mira cómo agradece la verdad!


Gabriela esa noche no podía dormir. Mañana se pondría su vestido blanco, era precioso, lo iba a gastar de tanto mirarlo. También llevaría unos guantes blancos muy finos y elegantes, una bombonera, y la abuela le haría un moño italiano con unas horquillas que llevaban como una perla y que quedarían preciosas. Aparte del vestido, era casi seguro que le regalarían una tablet, soñaba con una desde que Candela tenía una para ella sola y chateaba con los compañeros del curso superior, en realidad los amigos de su hermano Alonso. ¡Era tan guapo Alonso! Por eso todas eran amigas de Candela, menos ella, ella era amiga porque se conocían desde que entraron juntas en la guardería con cuatro meses, aunque de tan extraordinario evento no se acuerda ninguna. Siempre habían sido las únicas no repetidas de nombre en el cole, las únicas que guardaban secretos de mayores, las dos únicas menos con el tema de la Comunión, la Comunión ella era la única única que no la había hecho, y como consecuencia era la uniquisima que se había quedado sin su tablet.

Atosigada por estos pensamientos bañados de ilusión quedó dormida.

La fiesta de Gabriela fue la mejor de todas, sin ceremonia, sin hacer fila, sin curas, y todos los compañeros de clase correteando por el jardín.

A la hora de los regalos Gabriela tuvo su tablet como todos y celebró con Candela que ya podían compartir chat cuando quisieran sin esperar que sus progenitores se lo permitiesen. Gabriela celebraba su victoria mientras sus padres contemplaban la algarabía de su fracaso.

—¿Sabes?

—¿Qué? — preguntó mamá derrotada.

—Creo que nos hubiésemos ahorrado todo este disparate si le hubiésemos comprado la tablet cuando la pidió.

—No creo, le gustaba mucho el vestido.

—Como a todas las niñas a esa edad.

Gabriela y Candela, en un aparte, están instalando todo lo que necesitan para estar comunicadas las veinticuatro horas del día. Su forma de celebrar la victoria.
® Mª Luisa López Cortiñas                                                                                 


                  

viernes, 2 de mayo de 2014

FERNANDO

VUELVE A POR OTRA con F de Fernando






Hoy no era un día cualquiera para él. Hoy había aprendido una de esas cosas que parecían importantes. Hoy había aprendido a buscar palabras en el diccionario, una tarea sencilla que requería cierto dominio del alfabeto y algunas nociones de ortografía.

A Fernando le gustaban las palabras, las cortas y rápidas como ya, las medianas y sencillas como ahora, y las largas que se enredaban en la lengua como una serpentina como melocotón. Bueno, la palabra melocotón no le gustaba demasiado, le costó mucho colocar las sílabas en el sitio apropiado, hasta hace poco les llamaba mecolotones, palabra que ahora le parecía más compleja que la correcta.

Estaba deseando llegar a casa y coger aquel diccionario blanco y azul que tenían sus padres en el salón, eran un montón de tomos. Le gustaba pasar las hojas y mirar entradillas, aunque a decir verdad, entre que las letras eran pequeñas como pulgas, y no entendía ni la tercera parte de lo que decían, se acababa rindiendo. A sus padres no podía preguntarles demasiado,  ya había agotado el cupo de preguntas que éstos podían contestar sin que se les rompiera la cabeza. Creyeron que la etapa preguntona cesaría, tenía ya ocho años casi nueve, y cada día se acrecentaba más, como si un virus preguntón se hubiera apoderado de su espíritu.

La madre de Fernando se estaba comenzando a preocupar, su hijo llevaba diez minutos callado, seguro que se estaba poniendo enfermo. Sólo había dicho hola desde que había llegado, había cogido su merienda con el ansía acostumbrada, al subirse al coche se acomodó en su silla y se puso el cinturón, había acabado el bocata en un santiamén y seguía callado, como absorto en sus pensamientos:

—Piojo ¿estás bien?

—Sí, ¿por qué?

—Estás muy callado, no es normal en ti— dijo mamá, mientras pensaba si a su niño no le habrían abducido unos extraterrestres.

—Tengo cosas en las que pensar—  contestó circunspecto.

En cuanto llegó a casa, se duchó sin que nadie le insistiera, dejó preparada la mochila para el día siguiente, cogió un folio del despacho de papá, y se dispuso a buscar la palabra.

Reviso los tomos, tenía que encontrar la p, tomo 15, pero la siguiente es la i, tomo 16, si aquí está la i.

Pi, p i , p, i, aquí está pi-o-jo. Los ojos de Fernando se iluminan, ha encontrado rápido lo que buscaba.  Según el diccionario es un nombre común que se aplica a algunos insectos. Levantó la mirada del libro, y sí, entendía lo que eran los insectos. No le gustaban demasiado, las moscas son pesadas, los mosquitos pican, las avispas te persiguen. Bien mirado eran bichos poco simpáticos, salvo las abejas, las abejas eran estupendas porque hacían miel. A Fernando le gustaba la miel, era pringosa y dulce. Se le estaba haciendo la boca agua sólo de pensar en ella.

Pero el diccionario decía más cosas, malófagos, anopluros, homópteros, dípteros y psocópteros. Eran palabras bonitas, pero Fernando no entendía nada. Las volvió a releer y sí, sonaban bien, le gustaba malófagos, sonaba un poco a los malos de Harry Potter.

Busco en el tomo de la m a y sí, eran bichos que comían lana, y los anopluros chupaban sangre, vamos que eran pequeños vampiros.

Mató la tarde con el diccionario, era una extraña afición que tenía asombrados a sus padres.

Cuando su padre llegó a casa, se lo encontró así, ensimismado con  uno de los tomos en sus manos.

—Hola piojo, ¿preparándote para el pasapalabra?

—Hola papá. Me gustan las palabras. No es malo que me gusten las palabras.

—No es malo, no.

A las ocho y media, los tres miembros de la familia se sentaban alrededor de la mesa de la cocina, cenaban y jugaban a ser más rápidos que los concursantes de las palabras. De momento, Fernando no podía ganar, sabía muchas cosas, pero, parece ser, eran más las que todavía ignoraba.

—Os puedo preguntar algo.

—Sí, claro, puedes preguntar lo que quieras— dijo su padre mirando a su madre con curiosidad, por su expresión dedujo que ésta no estaba en el ajo.

—¿Por qué me llamáis piojo?

—Es un apelativo cariñoso— contestó su madre. Fernando la miraba con cara de interrogación —apelativo es como un nombre cariñoso.

—A mí no me lo parece.

—Pues sí, es como la tía que llama cangrejito a Mateo.

—Tampoco lo entiendo.

—Tú al gato le llamas Paquito.

—Sí, mamá, pero es que el gato se llama Paco. Ni Mateo ni yo nos llamamos piojo ni cangrejo.

—No te enfades es un apelativo cariñoso, a tu padre le llamo gordo.

—Ya, pero es que está gordo como una vaca, y yo no como lana, no chupo sangre, ni hago ninguna de esas cosas que hacen los piojos, además me llamo Fernando, ¿entendéis?, Fer- nan- do, Fer-nan-do —  repitió varias veces moviendo los dedos de la mano derecha contando las sílabas a la vez que lo repetía— no quiero que me volváis a llamar piojo, porque yo no tengo nada que ver con ese bicho, es un insecto altamente desagradable que pica a las personas, y yo no pico a nadie. Y NOOOOO— comenzó a gritar —no digáis que es un nombre de cariño, porque nadie, NADIE, NA-DIE quiere a los piojos, ¿mamá quieres tener piojos? ¿papá quieres piojos? Pues eso, no me volváis a llamar piojo, porque no tengo nada que ver con ellos, estoy harto de que me insultéis constantemente, y PAPÁ si te llama gordo mamá, es porque estás como un tonel— los padres de Fernando nunca le habían visto así, el pelo castaño tapándole sus ojos negros, la ira tiñendo de rojo su cara, y la voz a unos decibelios que si fueran las doce de la noche seguro eran delito.

Prosiguió así unos minutos más, los padres ya se habían perdido en ese discurso, pero a partir de ese momento su hijo iba a ser Fernando, al paso, don Fernando.

… he dicho. ¿Me entendéis?

—Sí, te entendemos— contestó el matrimonio al unísono.

—Buenas noches— seguidamente dio un beso a sus progenitores y se fue a la cama, dejándoles completamente mudos.

—Buenas noches, Fernando— desearon al unísono.

—¿Tú sabes qué ha sido eso?

—No sé, pero yo, a partir de hoy le llamo Fernando, lo de piojo me lo guardo para mis adentros.

—Se está haciendo mayor para llamarle piojo. ¿De verdad estoy como un tonel?

—Has engordado un poco en los últimos meses, pero ya sabes que me gusta la carne.
©Mª Luisa López Cortiñas





Quejas, sugerencias, etc en el face o acá abajo.

viernes, 11 de abril de 2014

ESTRELLA

VUELVE A POR OTRA con E de Estrella





Estrella posee los ojos más negros del mundo, un pozo en los que la luz rebota y la alegría estalla. Su cabello es azabache, largo y rebelde, me cuenta siempre que todas las mañanas lo trenza con mucha paciencia. El colegio le gusta, pero sus notas no pueden ser peores, oculta su fracaso escolar con su éxito deportivo. Tiene once años y toda una vida por delante para hacer camino.


Todas las tardes viene a clase de refuerzo de matemáticas, llega temprano, y antes de entrar al aula, le gusta permanecer unos minutos en la recepción de la academia hablando conmigo.

—¿Qué tal van esas matemáticas? — pregunto. Más que una pregunta, es una cortesía para comenzar nuestra charla diaria.

—Inamovibles— me responde. Me mira con sus grandes ojos, como midiendo  posibilidades. Le sonrío, y esa es la señal para que ella se arme de valor y me pregunte.

—¿Tú sabes qué es el infinito? — mi cara es un poema entre el crucigrama y las esfinges de Egipto.

—Sí— respondo con una seguridad.

—¿Me lo explicas?

—¿Para eso no está tu profesor?

—Sí, pero no me aclaro.

Mi cabeza empieza a dar vueltas, y respondo lo primero que se me pasa por ella.

—Imagina que yo tengo todas las manzanas del mundo, y te mando contarlas.

—Eres un poco mandona ¿no? — sonríe, esta bestia no para de sonreír.

—Es un ejemplo, cuando las cuentas y llegas al número n, aparecerá otra que será n+1, y otra y otra.

—Eso dice el profesor, pero yo no lo veo— me dice moviendo la cabeza hacia los lados. Mis ojos se posan en el pisapapeles que me traje de la playa hace dos años.

—Imagina que tengo todas las piedras del mundo.

—¿Y para qué quieres tú todas las piedras del mundo?

—Buena pregunta.

No será muy inteligente, pero pregunta como si lo fuera. Los de CSI son menos incisivos y menos escépticos. Se me ocurre una idea.

—¿Estrella, tú te imaginas todas las estrellas del mundo?

—¿También todas tuyas?

—Por supuesto. Imagina, imagina que— sonrío mientras busco las palabras adecuadas— tengo todas las estrellas del mundo, y tú las cuentas una a una hasta llegar  a “n” estrellas ¿me sigues?

—Sí.

—Cuando las tienes todas, todas contadas, en un lugar del mundo nace una niña a la que llaman Estrella, y en otro lugar del mundo otra, y otra, y otra.

Ella me mira con cara de suficiencia, y yo sonrío con anticipada satisfacción.

—¿Y todas tuyas para que yo las cuente?

—Sí.

—¿Sabes? — me pregunta.

—¿Qué?

—Eres una egoísta, simpática pero egoísta.

Intento decir unas palabras, pero éstas se niegan a salir. Ella se va muy digna hacia el aula haciendo un gesto de adiós con la mano, de repente se da la vuelta, y muy seria me dice:

—Gracias.

—¿Por?

—Ya sé lo que es el infinito.

Sonrío como si me hubiera poseído una luna menguante y antes de irse me espeta:

—Pero sigues siendo una egoísta.

Ciertamente no sé si se ha enterado de lo que es el infinito, pero el principio básico del capitalismo lo tiene claro.



®Mª Luisa López Cortiñas






viernes, 28 de marzo de 2014

DAVID (o el pequeño "Dexter")

VUELVE A POR OTRA con la D de David




No es que me gusten los toros, no, pero a una la invitan a una corrida de la Feria de San Isidro y ¿qué dice? Uh no, mira, es que esa tarde la tengo ocupada. Pues no. ¡Con lo que me gusta el petardeo! San Isidro, dice mi marido, es para ver y ser visto; o sea, que acepté las entradas como si me hubieran pasado un gramo de perico.


Tres entradas, tres, una para mi, otra para el churri, y otra para Paqui, que le pasa algo parecido a lo mío, los toros no, a ella el petardeo comme si comme ça, pero los toreros la vuelven loca, los toreros no, más bien el trasero de ciertos toreros ¡qué porte! ¡qué porte! ¡cómo caminan! Ahora llamaban así a lo de ponerse perraca, a Paqui a moderna no la gana nadie.

Por motivos que no vienen al caso, el churri no pudo venir, mis suegros no podían quedarse con el niño, y yo, antes muerta que suspender la salida, después de consultar y reconsultar con entendidos, me dijeron que no había problema para que los niños entrasen. Decidí llevármelo puesto. Si es legal, no es malo.

Mi niño tiene tres años, piel blanca como la leche, ojos azules, cabellos rizos y rubios, es un querubín con lengua de trapo que no se calla nada. Esta en esa edad, en la que lo pregunta todo. Le bañé en protector solar, me pertreché un par de sandwich, dos botes de zumo, pinturas de colores, un cuaderno,y un anorak por si refrescaba.

Cuando llegamos, los exteriores de la plaza eran un hervidero. Nos regalaron “La razón” a la entrada ¡qué detalle! Una vez dentro, Paqui hizo cola para conseguir un programa; en una esquina, un anciano los repartía a cambio de propina. Hay que reconocer que hoy en día se hace negocio con todo. Cogí un par de euros y me hice con uno sin esperas. Aquello era un servicio premium en toda regla.

Cuando Paqui salió de la cola triunfante, yo le enseñé mi programa para fastidiarla. ¡Esas cosas qué hacemos las buenas amigas! Una vez localizado tendido, en la puerta estaba el señor que alquilaba almohadillas. En la vida había visto yo nada  tan, nada tan ¿desastrado? Deduzco que las desinfectan entre sesión y sesión, en cualquier caso siempre serán más cómodas que la piedra. En eso nos distinguimos los ocasionales de los aficionados, éstos últimos se llevan sus propias almohadillas, que son como un maletín de ejecutivo pero lleno de espuma y colores. Como en los cines a la antigua usanza, tienen acomodadores que muy amablemente te acompañan a tu sitio. Desde el momento que subes dos escalones y oteas dónde está ubicado el asiento, el  “no me gusta que en los toros te pongas la minifalda” comienza a adquirir sentido, entre lo estrecho y empinado, los de barrera se deben de poner ciegos a mirar chicha.

Ahí vas tú tan contenta, te señalan los huecos adjudicados, y te sientas, el niño en el medio, y Paqui y yo de escoltas escoltadas por señores orondos y entendidos, a nuestros pies, dos turistas italianas que a saber lo que habían pagado por sus entradas. Famosos, ni uno en el horizonte. El niño de momento estaba tranquilo y no daba guerra, había encontrado entretenimiento en los señores que van de un lado al otro por el pasillo ese que separa al público de la plaza.

Al tiempo que comienzan a sonar los clarines, un rumor se extiende en los tendidos, ha venido la infanta Elena con sus niños, la alcaldesa de Madrid, y la expresidenta de la comunidad, preparamos la cámara, y como locas disparamos al palco blanco que sobresale sobretodos los tendidos. ¡Al menos podré decir que estuve allí!

Hay señores que se quejan del jaleo que se va a liar a la salida, siempre que ella viene, parece ser que la hora punta se alarga.

Mi niño está fascinado con los “al-gua-ci-li-llos”, los caballos, los trajes negros  y los plumachos que llevan en la cabeza le tienen loco.

—Mira mamá, mira.

—Ya veo, ya.

—¿Qué hasen? —Ciertamente no tengo ni idea de qué hacen, muy amablemente el orondo de al lado nos saca de nuestra ignorancia.

—Piden permiso al presidente para comenzar.          

—Gracias. Muy amable.

—No se preocupe, para eso estamos.

Cuando la puerta se abre y comienza el desfile, David se pone de pie y mira asombrado “el paseíllo”. Cuando van saliendo los picadores aplaude y no deja de aplaudir hasta que los caballos se van por el pasillo, y los toreros comienzan a colocar sus capotes. Se sienta y me mira con los ojos llenos de ilusión, como si estuvieran en el circo.

—¿Tienes hambre?

Dice no con la cabeza, está muy interesado por lo que sucede en la plaza.

Cuando sale el primer toro, abre los ojos como platos.

—Toro, toro—dice de cuando en cuando, para regocijo de los presentes.

Se pone de pie, pero como no molesta a nadie, no incomoda, es la atracción del tendido. Cuando comienza la faena de capote, David intenta imitarles, el orondo le dice “olé chaval” y el enano está en su salsa.

Cuando el torero se dispone a estoquear al animal, decido que mejor no lo vea, además están frente nuestra. Cuando me dispongo a taparle los ojos, David se revuelve y dice:

—Quiero ver le pixan
—Mira qué pinturas te he traido— le digo sonriendo como una idiota. Ni caso.

—Deje al chaval señora, los niños en los toros disfrutan—dice el orondo de al lado.

—Ya me doy cuenta ya— contesto.

Como el niño va a pillar un berrinche, dejo que lo vea, contrariamente a lo yo esperaba el niño está tranquilo y muy interesado. Cuando todo acaba pregunta:


—¿Ahora va al sielo de los toros?

—Sí, ahora lo llevan.

Cuando retiran al animal, el niño aplaude entusiasmado. Este niño está saliendo un poco terrorista. Las italianas se han ido llorando, y han sido sustituidas por dos señores que celebran la buena nueva con un gran puro. Éste debe de ser uno de los pocos sitios en los que dejan fumar, comer, beber y matar con total libertad.

No sé muy bien de dónde, nos hacen llegar un plato de plástico repleto de lonchitas de jamón y rebanadas de pan.

—A la afición del chaval, señora, así se hacen aficionados—. El chaval se aficionará pero ella primera y última.

La corrida seguía sin incidencias, David jamaba jamón a la velocidad del rayo, aplaudía cuando lo hacían todos, y cuando no también. Con el cuarto toro llegó la primera oreja, y David cogió el pañuelo que le dejó mi vecino para sumarse al sarao.

Allí estaba, moviendo el pañuelo blanco como un loco, y la Paqui venga con la cámara a sacar fotos.

Con el quinto salieron los cabestros y David aplaudía, saltaba, y les gritaba “gapos, gapos”.  Llegados a este punto me estaba muriendo de vergüenza, mi hijo parecía un sádico.

Cuando aquello acabó, mi hijo reía y aplaudía mientras nuestros vecinos le preguntaban y afirmaban ¿a qué te han gustado los toros? Y él contestaba bonitos y sielo ¡Qué gracioso el chaval! decían. Nunca he muerto de vergüenza tantas veces en una tarde, lo peor de todo, es que el niño se había portado fenomenal, pero había demostrado una crueldad salvaje.

Cuando dos días después le pillé mirando de forma extraña los cuchillos que estaba manejando en la cocina, me comencé a poner nerviosa, y leí en sus ojos el sadismo con el que me estaba mirando.

Esa misma noche, conseguí que mi marido llamase a una empresa, para poner cerradura con llave al cajón de los cuchillos, a ese niño, le iba a picar yo los filetes hasta que fuera responsable penalmente, cuando menos.

Lo peor ha ocurrido esta mañana, voy asar un pollo al horno, y comienza a señalar el espiedo, y a reírse cuando atravieso el pollo con el mismo, cuando lo he puesto en el horno, ha comenzado a mirar como éste daba vueltas y a reír de forma extraña, con un jajaja que no es propio de un niño de su edad, después me miraba a mí, ora al pollo, ora a mí, y de repente lo he comprendido, está pendiente de que me duerma o me despiste para atravesarme con el espiedo y asarme a la brasa.

Y ya ve, he dejado al niño con la vecina, alegando una urgencia, y he venido al primer despacho de abogados que he visto, para solicitar el divorcio, no quiero vivir bajo el mismo techo que ese monstruo.

—¿Está usted segura?

—Sí, le dejo el piso, el niño, y en cuanto tenga trabajo le pasaré pensión, pero del diablo ese no quiero saber nada, renuncio a la maternidad.

El abogado nunca había oído ninguna historia igual. Era su primer divorcio por exceso de imaginación mal encauzada.


©Mª Luisa López Cortiñas

Gracias por la visita.