viernes, 12 de junio de 2015

SEMANA DE PRODIGIOS (Parte 6)





Mil disculpas, los hados de la programación me la han vuelto a jugar. ¡Ains!

Vamos por la "parte 6". Seguimos con el miércoles.
Si te has perdido el capítulo anterior pincha en el enlace. ¡Buena lectura!
Si lo has encontrado hoy y te apetece saber qué ocurre desde el principio pincha este enlace



SEMANA DE PRODIGIOS (Parte 6)


Laura salió de casa hecha un figurín. Sin duda, su admirador secreto la observaba por las mañanas cuando se dirigía a su lugar de trabajo. Hacía ya tiempo que no se ponía falda, pero esa mañana apetecía, todo invitaba a airear las piernas y que fueran adquiriendo un poco de color. Desde que había conseguido destino en aquella modesta ciudad de treinta mil almas iba a su trabajo andando, ya casi se había olvidado del coche. En menos de un par de años los pitidos se habían convertido en algo lejano y ajeno. Recuerda sin añoranza aquellos atascos interminables para entrar en la capital que la habían empujado a levantarse dos horas antes para evitar la hora punta, y pasar tres cuartos de hora en la cafetería de al lado del ambulatorio, dando vueltas al café y haciendo familia con los compañeros. En aquel tiempo discutía con Ramón, que no entendía tanta entrega laboral. Él no necesitaba madrugar tanto, y tampoco se preocupaba demasiado, el trabajo iba sobre ruedas y los contratos en el mundo de la construcción en pleno “boom” se firmaban entre comida y comida. Lo de él era dinero fácil, ella en cambio siempre salía un par de horas más tarde de su hora, le gustaban las personas, le gustaba escucharlas. Era cierto que se preocupaba más de lo normal, y que en ocasiones los problemas ajenos los hacía propios, esto provocaba que consumiera gran parte de su tiempo libre en investigar otros campos médicos. Su interés y constancia había hecho que fuera apreciada por gran cantidad de especialistas, que siempre procuraban mimar un poco más, si cabía, a los 
pacientes que ella les enviaba.

Ya estaba este miércoles a las puertas del ambulatorio, un edificio gris de dos plantas, amplio y luminoso, como dictaban las nuevas modas. El guardia de seguridad, que habían contratado recientemente para evitar pequeños incidentes, provocados más por las miserables decisiones de algunos políticos que por los malos humos de los pacientes, la recibió con una gran sonrisa poco habitual en él.

Al saludar a las chicas de recepción con un alzado de mano, éstas sonrieron y con gestos le indicaron que se acercara al mostrador. Hoy tenía dos sobres de dos pacientes. Los habituales y crónicos solían dejarle sus necesidades en un sobre, ella incluía los medicamentos solicitados en su tarjeta y se ahorraban pasar por consulta. Le gustaba ese método, no era el habitual, pero cuando uno pagaba tenía derecho a comprar el ibuprofeno con el descuento correspondiente. Estaba un poco desilusionada cuando no le dieron ningún sobre azul, su admirador había utilizado un sobre azul. Cuando ya se iba ir una compañera la agarró del brazo y le dijo que esperase, se agachó y de debajo del mostrador levantó un inmenso ramo de rosas rosas y amarillas, sus favoritas.

—Ahí hay al menos dos docenas —exclamó sonriente—, además son mis favoritas. ¿No tienen tarjeta?

—Tarjetón, diría yo.

—Sí, tarjetón —dice Laura, mientras coge el gran sobre azul—. Me voy a la consulta.

—Ya contarás que dice.

—A ti te lo voy a contar yo.

Laura no podía estar más feliz. Desde niña le gustaban los colores rosa y amarillo, siempre le parecieron la combinación perfecta. Dejó de vestir de amarillo el día que la cool de su curso le dijo “no hay campo sin grillo, ni hortera sin amarillo”. A ella nadie la llamaba hortera. No volvió a vestir dicho color, pero se vengó con las sábanas, las cortinas, las paredes, los manteles. Su casa era un homenaje silencioso al amarillo y al rosa chicle. Ahora ya no le importaba lo que los demás dijeran.

A media mañana, decidió que esta tarde se compraría un vestido de dicho color.

En cuanto llegó a casa, entró como una ráfaga de viento y se dirigió al cuarto de Laura.

—Hola cariño, ¿qué tal todo?

—Bien, todo bien. Mamá, ¿has venido corriendo?

—Más o menos. Oye, ¿sabes si el amarillo es tendencia para el verano?

—Sí, el amarillo cítrico, pero también se llevan los pasteles, las veladuras, ¿y ese interés por la moda?

—Había pensado en ir esta tarde de compras. ¿Tienes tiempo para acompañar a tu anciana madre?

—Para ir de compras siempre tengo tiempo, no hace falta que digas que eres una dulce ancianita para convencerme.

—A las cinco en la cocina. No falles.

—Como un clavo.

Llegaron a casa inundadas de bolsas, habían renovado el armario para la próxima temporada, y Laura se hizo con un vaporoso vestido amarillo de tirantes que le quedaría estupendo cuando se hubiera puesto un poco morena. La niña se había vuelto loca, y llevaba de todo.

La verdad es que fue una tarde estupenda. Laura hija estaba encantada de ver a su madre tan feliz, desde que papá se fue con la fresca ésa a la que dejó preñada, no estaba la pobre para muchas alegrías. Hoy la había visto realmente muy contenta e ilusionada. 
Luisa L. Cortiñas



CONTINUARÁ.
Siguiente (Este enlace no funcionará hasta la próxima semana).

Si a alguien le mata la intriga (no creo, los políticos me hacen competencia desleal) y no puede esperar, está a la venta, se puede enlazar en la foto de portada.
Del resto, ya saben, que como buena gallega, aparte de los viernes publico cuando me peta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Muchas gracias por comentar.

Mientras no me maten, seguiré matando el viernes.